
Un sujeto que es el autor confeso del asesinato de una madre y sus cinco pequeñas hijas en 1960, es el protagonista de la película más trascendental de nuestro cine: “El Chacal de Nahueltoro”. La película nos muestra el crimen en su dimensión brutal, y no podría ser de otro modo, ya que los acontecimientos son relatados a partir de informaciones de prensa de la época, por entrevistas realizadas por los periodistas.
Un campesino llamado Jorge del Carmen Valenzuela Torres es apresado por asesinato múltiple en la localidad de Nahueltoro, y debido a la brutalidad del crimen fue apodado El Chacal. Pero también le decían “el campano”, por esas flores amarillas-anaranjadas y pequeñas que crecen a lo largo de las vías del tren (de esos trenes que recorrían el sur). Este nombre le gustaba más, quizás por las flores o porque las vías de los trenes lo acompañaron durante toda la vida, ya que esencialmente se encontraba sólo.
En su andar la tierra encuentra a una mujer campesina, Rosa. Fue de casualidad que llega al rancho de ella y sus cinco hijas. Quizás hubieran podido juntos buscar un nuevo lugar donde asentarse con un rancho. Quizás no volverse a ver. Pero la tarde de aquel día gris, durante un momento de ebriedad de Valenzuela, éste y Rosa se traban en una discusión debido a que la mujer no había podido cobrar su pensión de viudez por problemas burocráticos. Frustrado por carecer de dinero para seguir bebiendo, Valenzuela se violenta, se excede y mata a la mujer y sus cinco hijas. Los hijos de ella fueron muertos uno por uno por (colocándole piedras a los cadáveres por razones desconocidas), y el bebé de la familia fue pisoteado por el Chacal provocándole la muerte.
Un caso similar en cuánto a la brutalidad con que se acomete el crimen sucedió hace una semana atrás con el ciudadano estadounidense Héctor Castro, que mató a su hija de dos años porque le molestaba para ver un partido del Mundial de Sudáfrica. El autor del asesinato confesó a la policía que golpeó a la pequeña dos veces en el pecho, porque con sus gritos le impedía concentrarse. En la actualidad se está pidiendo la pena de muerte de éste sujeto para que pague por el crimen cometido. Es la irracionalidad frente al ordenamiento de las instituciones modernas lo que relaciona este caso con la marginación del chacal, y la responsabilidad social ante una falta de educación que prevenga sobre los actos criminales cometidos o su límite con el delirio de dar muerte.
El chacal de Nahueltoro se presenta como un marginal frente a la sociedad, porque se enfrenta a un conflicto moral entre lo que le exige la sociedad y su primitivo concepto al decir “maté a las cabra chicas pa´ que no sufran”. El poder coercitivo del Estado al condenarlo a pena de muerte, establece el dominio que tiene sobre la vida de un individuo que ha faltado a éstas reglas y ante la sociedad que tiene el don de la vida en sus manos.
Excluido, simboliza esos espacios obscuros. El éxtasis de Jorge Valenzuela al sentir el delirio violento, mudo y gris, que lo lleva a perderse. Como Foucault diría: “La plenitud de la historia no es posible sino en el espacio, vacío y poblado a la vez, de todas esas palabras sin lenguaje que dejan oír a quien presta oído un ruido sordo debajo de la historia, el murmullo obstinado de un lenguaje que hablaría completamente solo”.
Pero se es pobre y hay una pobreza en la falta del lenguaje, hay silencio, no hay escuela. Esa falta de lenguaje que lo hunde en esa indiferencia de vida miserable. Para el marginal la vida no se justifica en la razón, su precaria situación consiste en una pura sucesión de hechos. Para terminar con un aire trágico conforme se acerca el día de la ejecución. La figura del Chacal adquiere rasgos de humanidad, sin embargo su suerte está echada. Al final un juez que sentencia, un capitán que habla del fusilamiento, un periodista que compone el relato y una comunidad de reos que se entristece.
En torno a la condena de Valenzuela a la pena de muerte, se desarrolla una fuerte controversia debido a qué significa que se rehabilitara al Chacal si de todos modos se le iba a dar muerte. Aquí se acompaña la visión del sacerdote que ve en su arrepentimiento un signo de perdón para poder reivindicarlo. Antes de su muerte Valenzuela había abrazado la religión católica, aprendió a hacer guitarras y se había arrepentido de sus crímenes, alegando que en el fondo dada su condición precaria nunca contó con las herramientas para tener conciencia de sus actos, como su frase de que nunca recibió "enducación de naiden".
El sentido simbólico del acto transgresivo se establece en relación al ser del límite. La figura de Dios que conforma a las sociedades cristianas como la nuestra, han creado producto de la estructuración de la vida social, las normas culturales sobre el cuerpo, el lenguaje, la sexualidad, la conciencia, entre otras. El rompimiento a las construcciones culturales es muy anterior a la muerte de Dios por Nietzsche, sino que proviene de un acto más primitivo en que hemos establecido las normas sociales para no matarnos los unos a los otros. Pero cuando mata lo hace a la figura de una mujer, en ese sentido ¿cuánta de esa rabia es también la rabia estructural hacia la madre sola de la mujer campesina chilena? La doble partición existe: la vida y la muerte, por un lado, y la madre y el huacho, por otro.
De ahí que siga caminando para encontrarse, más caminos, más vías de tren, y el vino para llegar sin límites. Un devenir que implica la pobreza y la exclusión, el huacharaje y la rabia social, la falta de sociabilidad y de trabajo, y sobre todo una falta del lenguaje, que como institución social no le pertenece, pero que puede volcar hacia dentro. Esa falta que se vuelve hacia el interior se conjuga con la comunicación que tuvo después de la muerte, porque continuaron más muertes. Jorge vivenció ese pliegue como la posibilidad de soñar, de ver su historia. Y se encontró en el camino.
María José Cueto
Un campesino llamado Jorge del Carmen Valenzuela Torres es apresado por asesinato múltiple en la localidad de Nahueltoro, y debido a la brutalidad del crimen fue apodado El Chacal. Pero también le decían “el campano”, por esas flores amarillas-anaranjadas y pequeñas que crecen a lo largo de las vías del tren (de esos trenes que recorrían el sur). Este nombre le gustaba más, quizás por las flores o porque las vías de los trenes lo acompañaron durante toda la vida, ya que esencialmente se encontraba sólo.
En su andar la tierra encuentra a una mujer campesina, Rosa. Fue de casualidad que llega al rancho de ella y sus cinco hijas. Quizás hubieran podido juntos buscar un nuevo lugar donde asentarse con un rancho. Quizás no volverse a ver. Pero la tarde de aquel día gris, durante un momento de ebriedad de Valenzuela, éste y Rosa se traban en una discusión debido a que la mujer no había podido cobrar su pensión de viudez por problemas burocráticos. Frustrado por carecer de dinero para seguir bebiendo, Valenzuela se violenta, se excede y mata a la mujer y sus cinco hijas. Los hijos de ella fueron muertos uno por uno por (colocándole piedras a los cadáveres por razones desconocidas), y el bebé de la familia fue pisoteado por el Chacal provocándole la muerte.
Un caso similar en cuánto a la brutalidad con que se acomete el crimen sucedió hace una semana atrás con el ciudadano estadounidense Héctor Castro, que mató a su hija de dos años porque le molestaba para ver un partido del Mundial de Sudáfrica. El autor del asesinato confesó a la policía que golpeó a la pequeña dos veces en el pecho, porque con sus gritos le impedía concentrarse. En la actualidad se está pidiendo la pena de muerte de éste sujeto para que pague por el crimen cometido. Es la irracionalidad frente al ordenamiento de las instituciones modernas lo que relaciona este caso con la marginación del chacal, y la responsabilidad social ante una falta de educación que prevenga sobre los actos criminales cometidos o su límite con el delirio de dar muerte.
El chacal de Nahueltoro se presenta como un marginal frente a la sociedad, porque se enfrenta a un conflicto moral entre lo que le exige la sociedad y su primitivo concepto al decir “maté a las cabra chicas pa´ que no sufran”. El poder coercitivo del Estado al condenarlo a pena de muerte, establece el dominio que tiene sobre la vida de un individuo que ha faltado a éstas reglas y ante la sociedad que tiene el don de la vida en sus manos.
Excluido, simboliza esos espacios obscuros. El éxtasis de Jorge Valenzuela al sentir el delirio violento, mudo y gris, que lo lleva a perderse. Como Foucault diría: “La plenitud de la historia no es posible sino en el espacio, vacío y poblado a la vez, de todas esas palabras sin lenguaje que dejan oír a quien presta oído un ruido sordo debajo de la historia, el murmullo obstinado de un lenguaje que hablaría completamente solo”.
Pero se es pobre y hay una pobreza en la falta del lenguaje, hay silencio, no hay escuela. Esa falta de lenguaje que lo hunde en esa indiferencia de vida miserable. Para el marginal la vida no se justifica en la razón, su precaria situación consiste en una pura sucesión de hechos. Para terminar con un aire trágico conforme se acerca el día de la ejecución. La figura del Chacal adquiere rasgos de humanidad, sin embargo su suerte está echada. Al final un juez que sentencia, un capitán que habla del fusilamiento, un periodista que compone el relato y una comunidad de reos que se entristece.
En torno a la condena de Valenzuela a la pena de muerte, se desarrolla una fuerte controversia debido a qué significa que se rehabilitara al Chacal si de todos modos se le iba a dar muerte. Aquí se acompaña la visión del sacerdote que ve en su arrepentimiento un signo de perdón para poder reivindicarlo. Antes de su muerte Valenzuela había abrazado la religión católica, aprendió a hacer guitarras y se había arrepentido de sus crímenes, alegando que en el fondo dada su condición precaria nunca contó con las herramientas para tener conciencia de sus actos, como su frase de que nunca recibió "enducación de naiden".
El sentido simbólico del acto transgresivo se establece en relación al ser del límite. La figura de Dios que conforma a las sociedades cristianas como la nuestra, han creado producto de la estructuración de la vida social, las normas culturales sobre el cuerpo, el lenguaje, la sexualidad, la conciencia, entre otras. El rompimiento a las construcciones culturales es muy anterior a la muerte de Dios por Nietzsche, sino que proviene de un acto más primitivo en que hemos establecido las normas sociales para no matarnos los unos a los otros. Pero cuando mata lo hace a la figura de una mujer, en ese sentido ¿cuánta de esa rabia es también la rabia estructural hacia la madre sola de la mujer campesina chilena? La doble partición existe: la vida y la muerte, por un lado, y la madre y el huacho, por otro.
De ahí que siga caminando para encontrarse, más caminos, más vías de tren, y el vino para llegar sin límites. Un devenir que implica la pobreza y la exclusión, el huacharaje y la rabia social, la falta de sociabilidad y de trabajo, y sobre todo una falta del lenguaje, que como institución social no le pertenece, pero que puede volcar hacia dentro. Esa falta que se vuelve hacia el interior se conjuga con la comunicación que tuvo después de la muerte, porque continuaron más muertes. Jorge vivenció ese pliegue como la posibilidad de soñar, de ver su historia. Y se encontró en el camino.
María José Cueto
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